Ya lo sabía.

Hay personas que me marcaron la vida sin querer. Que se despertaron un día sin saber que los elegí para quererlos para siempre en silencio.

A veces me olvido, guardo los sentimientos como esa maya que compras de oferta a fines de febrero y reencontras con grata sorpresa en diciembre.

En estos días abrí un cajón hermoso y brillante. Me vi ahí, chiquita y aterrada, llena de un miedo diferente que nunca antes había sentido, que no tenía que ver tanto con el qué-diran, sino con el qué-diré.

Hacía calor y mandé un mensaje.

Hacía calor y me arrepentí enseguida.

Cada una de las veinte cuadras que caminé, inventé una mentira diferente. Era muy fácil, le podía podía hablar de cualquier cosa. Pero mentirle era mentirme y ya estaba cansada. Dieciséis años cansada.

Así que sí, las últimas cuadras las caminé muy lento y con el corazón más afuera que adentro, pero toqué el timbre decidida.

Lo que dije no me lo acuerdo bien, pero no importa porque estoy segura de que ya lo sabía. Lo que si me acuerdo es que cuando salí de ahí las piernas me pesaban menos y yo era un poco más yo.

Todo esto me volvió ayer, en ese segundo de abrazo. Tuve ganas de reírme porque ahora somos dos trolos llenos de glitter pero también tuve ganas de llorar porque cuando fuimos dos putos de pueblo me permitiste nombrarme por primera vez.

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No te pienso llevar gypsophilas

Es absurdo obligarse a viejas formulas para permitirse aliviar lo que uno no sabe si está sufriendo, porque aunque me enseñaron que en esta vida todo es a prueba y error, no he conocido todavía a alguien que disfrute de fallar.

Me gusta pensar que el poeta no sufre, odia. Imagino que detrás de cada palabra de amor, hay un ojo que espía por una vidrio sucio la vida de dos amantes que lo único que dicen desear, es ser tan fieles como el sol.

Entiendo así, que el sol se ríe por no llorar,  al vernos anhelar su maldito destino. Somos todos el infante que no puede esperar a ser adulto, el sagrado dios que sueña con alquilar por un dia la piel humana y no el gato, que en su delirio de grandeza se olvida que todo lo que tiene lo pierde junto a sus bigotes.

Lo que intento decir es que, si nada nunca volviera a ser como es, me encantaría que pudieses mirarte en el espejo y verme ahí, llorando por todas las veces que dijiste que ibas a venir y me morí esperando. Y ojalá supieras que cuando ya no puedas respirar y tengamos que oler la madera barata, la tierra mojada y las flores marchitas; voy a tener secas las mejillas. Porque puede que estas, las mías, parezcan manos de pintora, pero tengo escondidas las garras de un poeta.

como no me conoces te lo voy a contar (o catarsis)

Siempre respondo uno, pero tengo dos. No es que me guste mentir, es que no me gusta explicar. Igual sí me gusta mentir. Me gusta pensar cada detalle y me gusta creérmelos. Me gustan también las tostadas con manteca y dulce de leche, pero al revés. Dulce de leche abajo y manteca arriba. No me pongas esa cara que mi prima decía “adentro se mezcla todo”, y debía tener razón, porque afuera también está todo mezclado. El que mas gana menos trabaja, el que mas trabaja menos vive. Yo ya no entiendo nada. Y capaz nunca entendí, pero antes el 10 en el cuaderno me dejaba mentir.

Hablo mucho y gesticulo más, tanto que si tuviese un pocillo en la mano el mundo estaría bañado en café. Ojalá, y en una de esas se despiertan y ven que hay cosas que no van más. Calladas no nos vamos a quedar. ¿Y vos? ¿Le seguís creyendo al televisor? Por suerte yo me embarro y me doy cuenta que no hay nadie sin voz, que lo que faltan son gargantas que griten el dolor.

 

Todas las cosas.

Pienso que todas las cosas pasan de diferente forma, en diferentes escalas. El pez es pez en el río buscando alimentos, esquivando ser presa, entremezclandose en el paisaje; pero también es pez en pecera, cual payaso agarrando las láminas deshidratadas que son monótonas y eternas. El pensamiento es Descartes y es “¿a qué hora abrirá el mercadito de la vuelta?”.
Raquel, si de abundancia hablamos, entonces podemos pensar en una heladera con platos apilados o en todas las cosas que me hacías sentir cuando apoyabas tu cabeza en mi hombro.

No sé lo que quiero.

No quiero que mis palabras emocionen.

No quiero que mis versos sean dedicatoria de ningún libro en ningun cumpleaños.

Quiero que si escribo sea para agitar el salero justo arriba de la herida.

Quiero que una vez que me leas ya no puedas volver a encontrar esa posición cómoda en el sillón.

Realmente espero que no quieras seguir leyendo, pero que no puedas dejar de hacerlo.

Quiero que te duela igual que me duele a mí.

No quiero que necesites cuatro años de universidad para entenderme.

No quiero que nadie te explique lo que quise decir.

No quiero que me escuches.

Quiero que me creas, pero que no confíes en mí.

Si algún día mis ideas son libro, quiero que lo prestes, que lo rayes.

Y si alguna vez te toca leerme, quiero que sepas que no sé lo que quiero.