Todas las cosas.

Pienso que todas las cosas pasan de diferente forma, en diferentes escalas. El pez es pez en el río buscando alimentos, esquivando ser presa, entremezclandose en el paisaje; pero también es pez en pecera, cual payaso agarrando las láminas deshidratadas que son monótonas y eternas. El pensamiento es Descartes y es “¿a qué hora abrirá el mercadito de la vuelta?”.
Raquel, si de abundancia hablamos, entonces podemos pensar en una heladera con platos apilados o en todas las cosas que me hacías sentir cuando apoyabas tu cabeza en mi hombro.

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No sé lo que quiero.

No quiero que mis palabras emocionen.

No quiero que mis versos sean dedicatoria de ningún libro en ningun cumpleaños.

Quiero que si escribo sea para agitar el salero justo arriba de la herida.

Quiero que una vez que me leas ya no puedas volver a encontrar esa posición cómoda en el sillón.

Realmente espero que no quieras seguir leyendo, pero que no puedas dejar de hacerlo.

Quiero que te duela igual que me duele a mí.

No quiero que necesites cuatro años de universidad para entenderme.

No quiero que nadie te explique lo que quise decir.

No quiero que me escuches.

Quiero que me creas, pero que no confíes en mí.

Si algún día mis ideas son libro, quiero que lo prestes, que lo rayes.

Y si alguna vez te toca leerme, quiero que sepas que no sé lo que quiero.

diecinueve treinta y dos

No te miento cuando digo que pondría el pecho si esas balas fueran revolución. No te miento cuando digo que no hace falta que la nieve de Budapest te entre por los zapatos para sentir el frío, que la marginidad se te cuela por los huesos.

Miento sí, cuando digo que no me duele el mundo, porque con cada paso me voy perdiendo a la mediocridad y me olvido que alguna vez me creí digna de un altar.

Pero cuando me miras así, con esa mezcla de asombro y frustración, siento que me prendes una vela. Y ese fuego me reanima y ya soy otra persona, distinta a la que era cuando empecé a escribir esto. Y aunque sé que sos devota de muchos santos, me gusta creer que ante la inminente muerte es mi nombre el que saldría de tus labios.

Cajón.

En un papel, y con una birome con poca tinta, garabatee las palabras más románticas en las que pude pensar.

Nos escribí felices, de colores cálidos. Nos soñé lejos de todo y para complacerte hasta me imaginé sin un cigarrillo en la boca. Después, con una sonrisa, las guardé en mi cajón.

Las guardé, Raquel, disfrutando a cada momento saber cuánto te duele mí silencio.

Ensalada verde.

Ayer en plaza congreso hicimos dos cosas: logramos la media sanción del proyecto de ley de despenalización del aborto y saltamos la soga.

Mientras saltabamos la soga cantabamos “para hacer una ensalada se necesita: aceite, vinagre y salsa ¡picante! ¡picante! ¡picante!”

Para mí, lo que pasó ayer no fue otro cosa que una gran ensalada. Ensalada de chicas chicas, de mujeres grandes, de señoras “con todas las letras”; de actrices, de abogadas, de estudiantes, de amas de casa; de pibas pobres, de pibas chetas, de pibas clase media. Y de pibes también. Todos verdes, fuimos las hojas.

El aceite fueron el respeto y la sororidad, que empezaron a pegotearse por todos lados desde el mediodía. El frío el vinagre, que aunque agrio, le dió un toque especial a la jornada.

La salsa fue el baile, la salsa fue cantar, la salsa la sonrisa y las murgas populares. ¿Y el picante? El picante fueron los nervios, fueron los gritos, las dudas, los pañuelos en alto, los bombos y los redoblantes.

Así, ensalada de por medio, decidimos que la única forma de que cambie la historia, es que cambie quién la escribe. Entonces agarramos todas las lapiceras que pudimos y no dudamos en escribir nuestro futuro. Uno feminista, revolucionario y disidente, pero sobre todo, uno en dónde aborto no suena a clandestino.

foto: lavaca.org/

instagram: @mu_lavaca

infusión

No, no había forma de que esto terminara bien.

Yo sé que lo supiste cuando te hable por horas de las maravillas del invierno, sé que en ese momento te diste cuenta que nunca ibas a sorportar que le ponga dos cucharaditas de azúcar al café.

Que cruel de tu parte, Raquel, prepararme mate cocido esa mañana.