Cajón.

En un papel, y con una birome con poca tinta, garabatee las palabras más románticas en las que pude pensar.

Nos escribí felices, de colores cálidos. Nos soñé lejos de todo y para complacerte hasta me imaginé sin un cigarrillo en la boca. Después, con una sonrisa, las guardé en mi cajón.

Las guardé, Raquel, disfrutando a cada momento saber cuánto te duele mí silencio.

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Ensalada verde.

Ayer en plaza congreso hicimos dos cosas: logramos la media sanción del proyecto de ley de despenalización del aborto y saltamos la soga.

Mientras saltabamos la soga cantabamos “para hacer una ensalada se necesita: aceite, vinagre y salsa ¡picante! ¡picante! ¡picante!”

Para mí, lo que pasó ayer no fue otro cosa que una gran ensalada. Ensalada de chicas chicas, de mujeres grandes, de señoras “con todas las letras”; de actrices, de abogadas, de estudiantes, de amas de casa; de pibas pobres, de pibas chetas, de pibas clase media. Y de pibes también. Todos verdes, fuimos las hojas.

El aceite fueron el respeto y la sororidad, que empezaron a pegotearse por todos lados desde el mediodía. El frío el vinagre, que aunque agrio, le dió un toque especial a la jornada.

La salsa fue el baile, la salsa fue cantar, la salsa la sonrisa y las murgas populares. ¿Y el picante? El picante fueron los nervios, fueron los gritos, las dudas, los pañuelos en alto, los bombos y los redoblantes.

Así, ensalada de por medio, decidimos que la única forma de que cambie la historia, es que cambie quién la escribe. Entonces agarramos todas las lapiceras que pudimos y no dudamos en escribir nuestro futuro. Uno feminista, revolucionario y disidente, pero sobre todo, uno en dónde aborto no suena a clandestino.

foto: lavaca.org/

instagram: @mu_lavaca

infusión

No, no había forma de que esto terminara bien.

Yo sé que lo supiste cuando te hable por horas de las maravillas del invierno, sé que en ese momento te diste cuenta que nunca ibas a sorportar que le ponga dos cucharaditas de azúcar al café.

Que cruel de tu parte, Raquel, prepararme mate cocido esa mañana.

someone somewhere

Red lips, almost like you’ve been biting on ’em all day

Burt skin, but the sun doesn’t make it for you anymore

You can’t wake up with the wrong foot if you don’t wake up at all.

Reckless behavior, late night cigarettes

Yet not even one soul cares about you.

Blonde hair, short skirt

And no one is even watching.

If only the world was as big as your hoop earrings, you could be anywhere now

But you’re here

With your blue eyes full of dust.

Victima del calor.

Playa, verano, familia y asado.

La más pequeña con nueva mascota, poco convencional: gallo. Hermano mayor-placard-aislado, todo lo sabe. El diario bajo el brazo del padre, que no es padre pero parece, y la arena entre sus dedos que sufren de la ojota, desdicha de estación. Madre, que sí es madre, y que sospecha del silencio (enemigo conocido de reuniones de la índole) cómplice, calla. Cómplice del malo equivocado porque mientras, la gata, celos de por medio, sigilosa se esconde y ataca.

Él lo ve todo y ante la pregunta señala la cama. Bajo la sábana el gallo que ya no es gallo y es ahora cena. Dos metro más lejos, la gata, mascota original, relame su pelaje libre de culpa (aunque no de cargo) bajo la mirada del quien limpia, que no es padre, pero parece.