Un golpe a la puerta

El 15 de abril de 2012 a las 18:25 me dijeron loca.

A las 18:26 les dije que yo no precisaba ningún psicólogo y para las 18:28 ya estaba caminando hacia mi casa.

Me preocupé sobre el tema por aproximadamente veintisiete horas y tres minutos, pero el 16 de abril a las 21:31 fue la última vez que pensé en eso por un tiempo.

Hasta que el 25 de abril de 2014, setecientos cuarenta días después, mientras hojeaba el diario algo llamó mi atención.

Fue a las 06:15, cuarenta y cinco minutos antes de ir al trabajo, que leí el interesantísimo artículo de la página 10.

El viaje fue interminable, 32 minutos preguntándome si eso era acaso posible.

Entré al ascensor y toqué el botón del piso 5. Yo no estaba loca.

Pasé por la puerta de mi oficina, la 512, pensando que quizás no sólo los locos consultaban psicólogos.

Cuando llegué a mi escritorio, 7:05, me convencí de que era así.

Durante mis ocho horas de trabajo, acomodé 127 papales, firmé 7 documentos,  atendí 12 llamadas y cambié 29 veces de opinión.

Me levanté de mi silla 15:15. Iba a ir. Tenía que ir.

Me tomó trece minutos llegar a la planta baja, y otros dieciséis  esperar al colectivo. Tomé el 126. ¿Todo el mundo lo habría notado? Me torturé con el pensamiento de haber quedado en ridículo en muchas ocasiones, considerando que más de diez  ya eran suficientes.

Bajé a tres cuadras del consultorio y con 340 pasos ya había llegado a la puerta. ¡Qué lástima que los nervios son incontables! pensé.

Un solo golpe a la puerta. TOC. Ese era exactamente mi problema.

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3 thoughts on “Un golpe a la puerta

  1. Tardé un minuto con cuarenta y nueve segundos en leer este texto. Sólo tardé siete segundos en decidirme a releerlo. Volver sobre las palabras, detenerme en ellas con otros ojos, hizo que la segunda vez durase viente segundos más que la primera. Fueron dos minutos con nueve segundos de goce textual. Me llevaron, hasta ahora, cinco minutos con diecisiete segundos estas palabras que escribo. Ni un segundo necesito, en este momento, para volver a decidirme a releer el relato.

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