El día después.

Encontré esto en las notas de mi celular. Lo comparto porque creo que es mi mejor intento de describir lo que siento cuando no puedo pensar, cuando el mundo se hace chiquitito y me encierra la ansiedad. Espero que ayude a alguien a entender, o en el peor de los casos, que les guste.


Ayer fue de esos días, de los malos, en los que escucho muchas alarmas, risas y aspiradoras. Y me llené de escombros. Porque todo se sacude y caen planes, amigos, sonrisas.

Hoy voy a limpiarme la remera, a hacer volar el polvo de a poco, con soplidos desganados y a obligar mis ojos al agua fría. Voy a practicar frente al espejo y voy a llorar, porque nunca me sale. Frustrada, le voy a decir que estoy bien, resoplando lo suficiente como para evitar preguntas a futuro.

Pero todavía tengo polvo en la espalda. No lo veo, pero sé que está ahí. Y me duele. Y me desespero. Y grito. Y trato de limpiarlo de alguna forma. Y fallo.

Inhalo y exhalo.

Aprieto mi mano como si hubiese otra adentro.

Lloro.

Me seco las lagrimas.

Grito.

Les grito.

Me grito. 

Inhalo y exhalo, y el resto del día empieza a ser normal.

No sé bien cuando me animo a pasar frente al espejo, pero paso. Y me veo la espalda pulcra. Y sonrío porque ahora sé que nunca hubo nada ahí.

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