Cajón.

En un papel, y con una birome con poca tinta, garabatee las palabras más románticas en las que pude pensar.

Nos escribí felices, de colores cálidos. Nos soñé lejos de todo y para complacerte hasta me imaginé sin un cigarrillo en la boca. Después, con una sonrisa, las guardé en mi cajón.

Las guardé, Raquel, disfrutando a cada momento saber cuánto te duele mí silencio.

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木漏れ日 o komorebi.

Una vez pensé que si yo fuese una cosa sería esa mancha redonda de café que le queda al mantel, y vos, el rayo de sol que se filtra por las hojas de los árboles.

Komorebi, Raquel, porque un japonés te pensó primero.

infusión

No, no había forma de que esto terminara bien.

Yo sé que lo supiste cuando te hable por horas de las maravillas del invierno, sé que en ese momento te diste cuenta que nunca ibas a sorportar que le ponga dos cucharaditas de azúcar al café.

Que cruel de tu parte, Raquel, prepararme mate cocido esa mañana.

Resignación.

Trato de convencerme a mí mismo de que escribo sobre vos porque no quiero olvidarte, pero sé que es mentira. Escribo sobre vos porque sos lo único que no puedo presumir.

Además sé qué estas palabras no pueden ofenderte, porque si algo bueno tiene la muerte, es el silencio.

No sé si estás muerta Raquel, pero hace tiempo no te escucho.