Resignación.

Trato de convencerme a mí mismo de que escribo sobre vos porque no quiero olvidarte, pero sé que es mentira. Escribo sobre vos porque sos lo único que fue mal en mi vida. O por lo menos,  lo único que fue mal y no va a ofenderse con mis palabras. Y no es que no quieras, es que no podés.  Es que si algo bueno tiene la muerte, es el silencio.

No sé si estás muerta Raquel, pero hace tiempo no te escucho.

La primera vez.

Siento la necesidad de escribir esto para recordar la fragilidad humana, pero también la sobre-valoración de las emociones que en el mejor de los casos terminaran en papel y no olvidadas bajo tierra oliendo la esperanza de las flores marchitas.

Fue un miércoles por la tarde, Raquel, cuando resignado a la naturaleza mediocre del momento volvía caminando al departamento de la calle corrientes que te vi.

El día que te vayas.

Anochece, los artistas se regocijan en las miradas vacías de los transeúntes que ya ni levantan los pies al caminar, y yo te miro. Te miro, Raquel, porque esa sonrisa esconde algo y también porque me gustaría poder sacarte mil fotos y guardarlas hasta el día que te vayas. Y quemarlas, una por una, después del alba, recordándome a mí mismo que al amor lo inventó un poeta.

Matando al poeta (o romanticismo)

“You can’t trust a cold blooded woman
she’ll love you and leave you for dead”

-The Pretty Reckless (Cold Blooded)

No sé si tu romanticismo viene de ser mujer o de ser hija única, pero de todas formas lo amaba .

Lo amaba porque con cada palabra tuya mi pluma escribía más rápido y porque me volviste amarillo.

No sé si tu romanticismo viene de ser mujer o de ser hija única, pero de todas formas lo odio.

Lo odio porque te fuiste, y ahora no convino con este mundo azul. Porque puliste la punta de mi espada, y te fuiste.

Mentiste, Raquel, dijiste que nunca más iba a tener que pelear y ahora camino por la sombras, con la cabeza gacha, llevándole flores al poeta que alguna vez fui.

Superstición

“Detrás de este triste espectáculo de palabras, tiembla indeciblemente la esperanza de que me leas, de que no haya muerto del todo en tu memoria…” – Julio Cortázar.

Había salido esa noche porque muchas veces me dijiste cuanto detestabas el olor a cigarrillo, y el departamento era chico y las calles de Buenos Aires muy hermosas.

Nunca fui supersticioso pero me acuerdo que esquivé con la mirada un gato negro que corría por los techos, y fue un poco tu culpa, Raquel, porque nunca apoyás la cartera en el piso.