Cajón.

En un papel, y con una birome con poca tinta, garabatee las palabras más románticas en las que pude pensar.

Nos escribí felices, de colores cálidos. Nos soñé lejos de todo y para complacerte hasta me imaginé sin un cigarrillo en la boca. Después, con una sonrisa, las guardé en mi cajón.

Las guardé, Raquel, disfrutando a cada momento saber cuánto te duele mí silencio.

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II

Raquel, si hubiese sabido tanto de vos como las terminales saben de cigarrillos sin terminar, quizás no te hubieras ido.